• Las grasas Omega 3, protectoras del corazón y el cerebro

    El valor nutricional de los ácidos grasos Omega 3 está cada vez más comprobado, y no hay dudas de que su consumo ayuda a reducir los triglicéridos o colesterol malo LDL, prevenir la arteriosclerosis y reducir la hipertensión. Ya hace tiempo se descubrió que los esquimales, que incluyen en su dieta grandes cantidades de aceite de pescado y animales marinos, tenían ocho veces menos problemas cardiovasculares que otras poblaciones.

    Así, los investigadores han ido descubriendo que estos ácidos grasos son los mejores protectores del corazón, la sangre, las articulaciones e incluso el cerebro y la vista. Previenen las arritmias cardiacas, tienen propiedades antiinflamatorias y mejoran los síntomas y dolores de las artritis reumatoides. Se asocia también como protector frente al cáncer, la osteoporosis y la prostatitis.

     
    Este aminoácido esencial, que nuestro organismo no fabrica de manera autónoma, pertenece al tipo de nutrientes denominados grasas o lípidos poliinsaturados: los principales Omega 3 son el ácido alfalinoleico –y sus metabolitos ácido eicosapentanoico, EPA- y el docosahexaenoico o DHA, que podemos encontrar de forma natural en los pescados azules, el aceite de mamíferos marinos como la foca o la morsa, mariscos como los mejillones, ostras o berberechos, frutos secos –nueces, avellanas y pipas de calabaza sobre todo- semillas y aceites de soja, lino y germen de trigo, verduras como las espinacas, repollo, lechuga y brécol. La leche materna también es una buena fuente de Omega 3. Se recomienda el consumo de alimentos ricos en Omega 3 al menos dos veces por semana, así como un puñadito de almendras o cinco nueces todos los días.
     
    El DHA, además, está relacionado con la actividad neuronal del cerebro; recientes estudios han demostrado que el consumo de este tipo de ácido graso tiene efectos muy beneficiosos en personas con Alzheimer, y en niños con trastornos de Atención Deficiente (TDAH), potenciando la capacidad de concentración y elevando el ánimo. Incluso se recomienda el consumo en forma de suplemento alimentario para las embarazadas y bebés, ya que favorece el desarrollo cerebral y mejora la agudeza visual.
     
    Como en todo, los excesos tampoco son buenos: cuando el consumo de ácidos grasos poliinsaturados supera el 12% de las calorías totales de la dieta, se puede producir un descenso del colesterol bueno o HDL, además de producirse cálculos biliares y dificultarse la absorción de la vitamina E.
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    Descubren una enzima que ayuda a quemar la grasa

    Investigadores del Colegio de Medicina y Neurociencia Albert Einstein de Nueva York (Estados Unidos) han identificado una nueva vía para que el organismo consuma más energía, una enzima que de forma indirecta controla la actividad de lo que los investigadores consideran un regulador clave de la energía. Los resultados de este estudio han sido publicados en la revista Cell Metabolism.

    Los autores del estudio descubrieron que, cuando se proporcionaba a los ratones un agente químico para bloquear el funcionamiento de esta enzima, conocida como Fyn quinasa, los animales comenzaban a quemar más grasa.

    Según explica Claire Bastie, responsable del estudio, "cuando existe un desequilibrio entre lo que comemos y lo que quemamos el resultado es la obesidad y el problema es que ésta no se va. Este es un nuevo mecanismo para ayudar al organismo a quemar energía extra".

    El equipo de Bastie había mostrado previamente que los ratones que carecían de la Fyn quinasa quemaban más ácidos grasos y consumían más energía para convertirse en más delgados. Los animales también mostraban otras mejoras metabólicas, incluyendo una mayor sensibilidad a la insulina. Estos efectos eran el resultado de mayores niveles del regulador energético clave AMPK en su tejido graso y muscular.

    Esos descubrimientos sugerían que la enzima podría convertirse en una diana para una nueva clase de fármaco para perder peso. Ahora, los investigadores refuerzan esta idea al mostrar que la inhibición química de la Fyn quinasa con un fármaco experimental, conocido como SU6656, tiene beneficios metabólicos considerables para los ratones.

    Según los investigadores, los animales tratados con el fármaco parecen mejorar su estado físico a medida que pierden grasa y mantienen la línea. Los investigadores además determinaron cómo funciona la enzima al actuar sobre otro componente del mecanismo energético que conduce a un cambio en los niveles del activador AMPK.

    Bastie explica que SU6656 en realidad por si misma no es un fármaco candidato ideal para los ensayos clínicos humanos, porque Fyn quinasa y AMPK tienen efectos en el cerebro además de en la grasa y los músculos. Los científicos necesitarían un fármaco que sólo bloqueara estos procesos moleculares en aquellos lugares donde fuera necesario. "Nuestro próximo objetivo es diseñar algo extremadamente específico para músculos y tejido adiposo", apunta Bastie.

    La investigadora desea descubrir la función de la Fyn quinasa y AMPK en el cerebro, donde cree que participan en el control del apetito. Además, su objetivo es descubrir también qué controla los niveles de Fyn quinasa y apunta a la posibilidad de un ácido graso o algún otro nutriente.

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    Del cerdo, hasta los andares son buenos

    Del cerdo, hasta los andares. O eso dicen, y es que de este simpático y sabroso animalito se aprovecha todo, y todo está bueno: jamón, lomo, tocino ahumado, chorizo, chuletas, morro, manitas, presa ibérica… Pero vamos a analizar si además de rico, es sano.

    La carne de cerdo, como todas las carnes, aporta principalmente proteínas, necesarias para el desarrollo de nuestros tejidos. Además, su tipo de lípidos lo convierte en una de las mejores opciones de comer grasas monoinsaturadas –el 48% de la grasa que tiene es de este tipo-, junto con la carne de pollo, que ayudan a reducir los niveles de colesterol malo o LDL, aumentando el HDL o colesterol bueno.

    Tiene menos colesterol que el cordero o la vaca, al menos en las piezas magras, y aporta ácidos grasos esenciales como el linoléico y linolénico. Además, al concentrar la grasa en el tejido subcutáneo –el tocino-, es fácil eliminarlo. Lo que sí es una bomba calórica son los intestinos y vísceras, como el hígado o los riñones, y sus ricos embutidos: consumir en exceso chorizo o salchichón no es recomendable, una lástima.

    También contiene colágeno, sobre todo las especialidades preparadas con piezas delanteras –la gelatina que desprende al guisarlo-, algo más difícil de digerir. Y aporta vitaminas del complejo B, como la tiamina –hasta 10 veces más que otras carnes- y vitamina B12 o cobalamina, importante para la formación de glóbulos rojos. Su aporte de ácido úrico también es menor que el de otras carnes.

    Es importante diferenciar el tipo de cerdo para saber su aporte graso. El cerdo ibérico, alimentado con bellotas en la dehesa, tiene una carne que puede llegar a contener el 50% de grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas, las buenas, mientras el cerdo blanco, criado en corral con otro tipo de alimentación, tiene más grasas. El ibérico se usa habitualmente para obtener jamones y embutidos de calidad, mientras el blanco se cría para su venta en canal.

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    Los lípidos y sus funciones en la nutrición

    Grasa es el nombre genérico que le damos a los lípidos, siendo los más comunes los triglicéridos, aquellos en que tres ácidos grasos se unen a una molécula de glicerina. En estado sólido, a temperatura ambiente, se llaman grasas, mientras los líquidos se conocen como aceites.

    Diferenciamos tres tipos de grasas: las saturadas, insaturadas y grasas trans.
    Las grasas saturadas se encuentran en alimentos como el tocino, la manteca de cacao o cacahuete, así como en los lácteos y quesos, y que elevan los contenidos de colesterol en la sangre, produciendo arteriosclerosis.
    Las insaturadas son los aceites, que contienen ácidos grasos como el oleico o palmitoleico, como el aceite de oliva, de girasol o maíz. Éstas son las más beneficiosas para el cuerpo humano, de hecho contienen algunos de los ácidos grasos considerados nutrientes esenciales, que nuestro organismo necesita adquirir mediante la alimentación. Entre las grasas insaturadas encontramos a su vez las monoinsaturadas, que reducen el colesterol LDL –el “malo”- y aumentan el “bueno” –el HDL-, y se encuentran en aguacates y frutos secos.
    También se pueden diferencias las grasas poliinsaturadas, que contienen ácidos grasos del tipo omega-3 y omega-6, que también reducen los niveles de colesterol malo. Están presentes en los pescados azules, semillas oleaginosas y frutos secos como la nuez, almendra o avellana.
    Las grasas trans son, digamos, de fabricación humana, ya que se consiguen hidrogenando los aceites vegetales: son más perjudiciales que las grasas saturadas, elevan los niveles de LDL y los triglicéridos mientras bajan los de HDL. Este tipo de lípidos proceden de la manteca vegetal, la margarina y cualquier alimento elaborado con ellas.

    EL DOBLE DE ENERGÍA

    Aunque más escasas que los hidratos de carbono, las grasas producen más del doble de energía. Por ser un combustible compacto, las grasas se almacenan muy bien para ser utilizadas después en caso de que se reduzca el aporte de hidratos de carbono. Esta situación podemos comprobarla en la cantidad de grasa que almacenan muchos mamíferos para soportar la escasez de alimentos en invierno, pero en los humanos, que no tenemos estos problemas estacionales, los acúmulos de grasa son un verdadero problema para la salud y la estética.
    Sin embargo, las grasas contribuyen al correcto funcionamiento del sistema nervioso, la piel y el aparato cardiovascular y la síntesis de hormonas. Además transportan las vitaminas liposolubles, A, D, E y K.
    Las grasas no deben aportar más de un 20 ó 30% de las calorías en la dieta diaria, y preferiblemente deben ser de tipo insaturado: las grasa de origen animal son las que aumentan el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares.
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    Grasas buenas y no tan buenas, todas necesarias

     

    Hay quien con sólo oir la palabra grasa, se pone en guardia y rechaza un delicioso plato de su mesa. Tienen mala fama las grasas, que si engordan, que si provocan enfermedades cardiovasculares… pero lo cierto es que no todas las grasas son iguales. Hay quien las divide a secas en buenas y malas, pero necesarias son todas para el organismo. Claro, que en diferentes proporciones. Nunca deben superar, en total, el 30% de las calorías que ingerimos a diario.
    Empecemos por las “malas” de la película. Se consideran popularmente así a las grasas saturadas o hidrogenadas, que nuestro organismo acumula en los tejidos y son difíciles de quemar. Son de origen animal –tocino- o vegetal –margarinas y aceites de coco o palma- y están presentes en embutidos, dulces y quesos curados. Son lípidos de cadena larga que el metabolismo no puede destruir, por lo que se almacenan donde menos nos interesa, produciendo además colesterol malo, LDL, que es el causante de los problemas cardiovasculares.
    Las “buenas” son las grasas monoinsaturadas, ricas en ácido oleico, que conocemos también como HDL y precisamente ayudan a combatir el colesterol malo protegiéndonos de las enfermedades cardiovasculares. Proceden de aceites vegetales –el de oliva, el mejor-, pero también están en los pescados azules –sardina, caballa, salmón-. Estos son ricos en ácidos grasos esenciales como el Omega-3, que reducen los triglicéridos, previenen la arteriosclerosis y tienen efectos preventivos contra el cáncer. Los frutos secos también son una buena fuente de grasas buenas.
    Así que antes de decir “no” a cualquier plato que contenga grasa, hay que ver de dónde procede esta. Si son alimentos preparados industrialmente, prestar atención a la etiqueta: si pone “grasas vegetales hidrogenadas”, saber que no debemos abusar de ellos.
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